jueves, 5 de mayo de 2016

Dale un golpe al reloj de arena.

Odio los jueves de resaca, de esa resaca de "joder no debería haber empezado ese lunes, voy a la mitad y el whisky ya me hace falta".

Los callos en mis dedos salieron hace años por las canciones que necesitaba tocar para poder respirar de alguna forma, pero no son tan profundos como deberían, el dolor sigue calando cuando el rasgueo habla de humo en los pulmones.

Estoy hasta los huevos que no tengo de que las tortillas no me suban. Que te calles ya, que tus palabras desesperan más que animan. Joder con el jueves, con la constancia que debo tener y que nunca nadie ha empleado en mi.

Que hoy me apetece repetir noches de sudor y mandar a la mierda toda educación que ya me pita a indiferencia. Las marcas del sol por la persiana me disparan como balas, gritan que la libertad está... qué más da, aquí no y los versos se me agotan para que no me queje más.

Oh ciudad de los gitanos, quién te vio y no te recuerda... Me agarraba al quejío, la poca vergüenza y el hoy estoy aquí para ti, mi luna. Bofetada de rutina que te come las ganas de los versos, que se lleven a este jueves y que no lo suelten más.

domingo, 17 de abril de 2016

Bajo B.

Desde la mirada de compasión cuando dije que iba al bajo B hasta la esquela que partió una familia en dos, para siempre.

"No es como piensas que es", me he cansado de repetirlo estas últimas semanas, al final sólo callaba y dejaba que todos creyeran que lo entendían.

Para los despistados sobre las huellas de mi vida, hablo de mis prácticas de hospital, ¿en qué servicio? Paliativos y no, no es lo que pensáis.

¿Muerte? Claro, como en cualquier parte del mundo, como toda vida que ahora late sin pensar en que dentro de un siglo no estará, como en Irak, como los dinosaurios.

¿Vida? Demasiada, en un morder una sábana por rabia, en un "quiero rehabilitarme", en una petición de cariño a una enfermera, en un Dios dirá.

Orson Welles decía que nacemos, vivimos y morimos solos, que todo lo demás es una ilusión. Pues bendita ilusión que acostumbra a ausentarse en el tercer verbo sentenciado. Y dichosos los que, como niños, contemplan esa ilusión desde una caja que ya no les responde y que se va calando con la lluvia salada de los protagonistas de la fantasía, esos que rodean su cama.

Espera... me he dejado la pregunta más importante, ¿Amor? Incalculable. Sostener unos dedos que no responden al tacto pero que acarician con la mirada, aliviar con una esponja el velcro que suena al intentar respirar, velar por el que está rodeado de egoístas que no se fijan en la falta nitidez de su pupila, arrancar las palabras de la garganta cuando sabes que con ellas se derrumbará la vida de los que duermen en la silla junto a la cama, acariciar miedos, besar heridas y, por qué no decirlo, llorar.

Ahora todos me preguntan cómo fue mi último día, miento y digo cualquier detalle tonto que ocurriese antes de que saliera de aquel hospital. Pues mi último día fue cada vez que escuché un último suspiro y pensé que no lo soportaría más. Pero mi primer día nació segundos después de cada último día. Mi primer día comenzaba cuando miraba alrededor y alguien sonreía, no con el gesto al que todos estamos acostumbrados, uno más profundo, más allá de lo físico, más cercano a lo que de verdad importa.

Tras todos los pellizcos y cada una de las bocanadas de aire... Aquí estoy, dispuesta a seguir encontrándome.

Mañana será otro día.




miércoles, 2 de marzo de 2016

Un whisky y un té de frutos rojos, por favor.

Años después vuelvo a hablarte. Te sorprende y, tras unas cuantas frases cordiales, me lanzas la pregunta "¿Qué te ha hecho querer saludarme?", respondo que aún nos quedan cosas en común y sólo atinas a suspirar un "Qué simpática".

No sé qué ha pasado por tu vida después de mi, no me lo vas a decir, tampoco yo, quizá finja que todo me va bien pero qué otra cosa puedo hacer.

Cuando nuestros sentimientos se llevaban bien eras fuerte, onírico, inocente y, por qué no decirlo, guapo.
No fuerte anatómicamente, sino de seguridad, nada te asustaba, aprovechabas el mínimo detalle para que me diese cuenta. Te reías de mi cuando te pedía que me guiaras por la casa sobre tus hombros cuando ésta ya yacía sin una grieta de luz. Eras fuerte, como un arbotante, tal vez el mío, tal vez el de cualquier otro que no fueses tú mismo porque si así era, en soledad, se debilitaba cada grano de tierra que te componía.
No un onírico surrealista, sino onírico de la música, de la noche, de mi. Recuerdo que sólo eras capaz de sostener tu violin cuando tenías esperanza, como si cada pulsación de tus yemas contra las cuerdas fuese a acercarte a tu objetivo. Tu banda sonora del "tal vez puedo hacerlo".
Tenías pocos amigos, uno si somos optimistas, no porque no fueses una persona con la que no se está cómodo, sino porque tu inocencia pedía la misma atención que tú dabas a los demás y pocos lograban estar al alcance.
Guapo... Al principio no me lo pareciste, después te conocí y puedo afirmar que lo eras.

La vida ha pasado por ambos. La fuerza ya no se ausenta sólo cuando te encuentras contigo mismo. El violín se ha olvidado de quién era su dueño. Ahora tienes colegas, pero de eso siempre has tenido, los años no te han ayudado a forjar lazos, la inocencia te sigue perdiendo en esta vida. A tu belleza no le han agredido las arrugas del paso del tiempo, del dolor, de la decepción, puedo asegurar que sigue intacta.

Me gustaría que no te sorprendiesen mis ganas de hablar contigo, mis deseos por querer verte a flote, los "te echo de menos" que jamás pronunciaré en voz alta.

Me has dado permiso para volver a entrar en tu castillo, ahora mismo estás bajando el puente de madera con mirada temblorosa pero agradecida por mi visita. No pretendo volver a viajar tan lejos de ti otra vez, tampoco despertarme empapada en ti. Simplemente no puedo dejar que alguien que me quiso tanto y tan bien, esté tan solo.

Al mirar tus ojos siderales veo a un viejo amigo, aunque tenga que volver a conocerle desde cero.

Nos vemos en nuestro banco del parque.

PD. Lleva las pipas, yo llevaré el té.

viernes, 12 de febrero de 2016

Peter, sigo sin querer crecer.

Querido amigo,

Llevo tiempo sin escribirte, el motivo es que he estado, he estado sin darme cuenta de que realmente no estaba. Ni siquiera sé si ésta sigue siendo tu dirección, si alguna vez se te ocurre comprobar si he perdido el miedo y vuelvo a escribirte.

La verdad es que no hay mucha novedad, me sigue raspando el alma cada detalle. No me hago a la idea de que lo que tengo, es lo que queda y de que queda bastante, pero no dejo de buscar en la hojarasca de recuerdos aquellos días que no volverán.

¿Tú cómo estás? Me hubiera gustado que al escribir esta pregunta tu voz me gritase al oído que te va bien, que cada mañana te comes el mundo, tal y como hacías cuando te conocí. 

Pocas palabras más pueden manchar de tinta este papel digital, pues poco me queda por hablar, sólo quería volver a lanzar señales de este humo que brota de nuestra garganta por culpa de ese frío que corta la piel.

Espero verte pronto, espero no tener que esperar, te espero.

Un abrazo de esos que aprietan.

209.