jueves, 18 de junio de 2015

La patética certeza de que sólo nosotros lo entendemos.

Tal vez, seguramente, sea una pérdida de tiempo pero nos gusta pensar como el viento.
El aire que roza a miles de personas y observa sus vidas, se pregunta por ellas, trata de empatizar, no entiende, continúa hacia otra piel que sea más sencilla de palpar.

Es posible, muy probable, que no sirva de nada pero creemos que escribimos veladas.
El pasar de página que incluye a nuevas vidas, pensar que la experiencia no nos hará errar, los nuevos no son más que similares a los conocidos, susurrar "este capítulo va a ser el de verdad".

Quizás, casi incuestionable, sea absurdo hasta plantearlo pero arreglamos el mundo antes de dormir.
El "podría haber" y el "no sé por qué hice" de cada crepúsculo, mientras suena el "cállate y duerme", suspirando un "mañana lo arreglo" y cayendo en un profundo sueño.

Puede, es irrefutable, que no valga la pena pero confiamos en que marcamos un antes y un después.
El amor propio que nos levanta de la cama y se promete cumplir ese "mañana lo arreglo", el choque de las rodillas contra el suelo, hubiera sido mejor seguir durmiendo hoy, mañana todo cambiará.



sábado, 6 de junio de 2015

El guión depende de uno mismo.

"Cuando tenga 12 años pasará algo maravilloso y cuando tenga 21 también."
 Se podría decir que nací pronunciando esa frase. Mi madre siempre pensó que era una de mis tonterías, pero cuando la magia llegó a mis 12, sólo siente curiosidad por qué pasará a los 21, ella apuesta porque a esa edad encuentre al amor de mi vida, es una romántica.

Puede que os preguntéis qué pasó cuando alcancé la docena, os lo contaré. El mismo día de mi cumpleaños, cuando sólo había transcurrido una hora de ese día, logré algo que nadie esperaba que hiciera y, además, observé el cuadro más bonito que jamás mis ojos vieron.

En mis últimos días con 11 añitos emprendimos un viaje a Egipto con un grupo, éramos unas 30 personas y, entre ellas, yo la única niña. Uno de los planes del viaje era subir al monte Sinaí durante toda la noche para ver el amanecer desde arriba. Nadie quiso que subiera yo, de hecho el grupo de subida solamente lo conformaban unas 10 personas, el resto "no estaban preparadas". Sin embargo, cualquiera que me conozca mínimamente sabe que puedo llegar a ser muy insistente y cabezota. Logré la autorización de mi madre, la cual se quedaría a pasar la noche en el hotel, con la condición de que una amiga suya, que sí iba a subir, estuviese pendiente de mi. En el momento en que no pudiera subir más, debía decírselo a esa mujer y ella me acompañaría en la bajada.

A la 1:00 comenzamos a andar, rápidamente el grupo se dividió en dos, uno más avanzado compuesto por tres personas y otro más prudente conformado por el resto. La amiga de mi madre iba en el segundo, yo en el primero. Logramos una ventaja de media hora. Alcanzamos la cima a las 6:00. Nadie podía creerse que hubiese llegado, ni mucho menos que lo hubiera hecho a un ritmo elevado. No me pude sentir mejor, desde ese día me siento imparable, respecto a todo, aunque no lo exteriorice, aunque realmente no lo sea, pero con 12 definí mi personalidad y sobre ella he ido creciendo.

En cualquier caso, eso no fue lo mejor de aquel día ni ínfimamente. Lo mejor fue el cielo. No podría describirlo, incluso me negué a fotografiarlo, no podía perder ni un segundo de mi tiempo en prestar atención a otro asunto. Un enorme océano de estrellas cubría cada átomo de aquel desierto, de aquel monte, de toda pequeña partícula que se hallara aquella noche sobre La Tierra. Vi incontables estrellas fugaces, puntos fijos que referían planetas, estrellas parpadeantes y polvo estelar, todo en una quietud infinita, en un silencio y una contemplación que nunca más he vuelto a encontrar. Esa noche me sentí protegida, parte de algo, al igual que yo veía a cada estrella como componente de un precioso conjunto, ellas podrían verme a mi como otro puntito dentro de algo grande, no estaba sola.

Tal vez no os parezca lo suficientemente intenso, pero para mí lo fue. Con 12 años recién forjados rompí con las barreras que me cohibían y sentí que encajaba en el mundo. No está nada mal, no pudo ser mejor.

Ahora espero los 21.

lunes, 1 de junio de 2015

Mi primer día de prácticas (o algo así)

La muerte es fácil.

La muerte es como un interruptor, cuando lo pulsas todo se oscurece y acaba la vida.

El problema es cuando aparecen los cortocircuitos, cuando la muerte busca otros caminos dándonos la oportunidad de actuar, de intentar reparar el daño y poder seguir respirando. En mi opinión, decía el enfermero que me hablaba, eso es lo peor que puede ocurrir, ojalá se tratara siempre del maldito interruptor. Cuando ocurren los cortocircuitos nos toca intervenir, poner todos los medios de los que disponemos al servicio del paciente y, aún así, a veces no es suficiente y nos duele.

Si la vida dependiera sólo del interruptor, el que hará llorar en duelo no sufriría, la familia de éste no estaría con el corazón en la palma esperando lo mejor o lo peor, no existiría la incertidumbre que lleva a imaginar que pueden suceder finales más fatales de los racionalmente conocidos, provocando que dicho plan creativo genere aún más dolor; y, por último, los médicos y sanitarios frustrados no repetirían con la cabeza gacha en la sala de descanso "Espero que no sea mi turno cuando ocurra".

A mí, continuaba hablando el enfermero, me gustaría despedirme en un desvanecimiento, en un síncope del que no despertara y mi familia pudiese llorar tranquila, es una pena que no todo sea tan sencillo.

Frente a la visión de este señor que ha amenizado mi mañana entre uno y otro de mis desvanecimientos, creo que los cortocircuitos no son del todo malos. Estoy de acuerdo con él cuando el final es cercano e inevitable, pero hay ocasiones en las que los tratamientos vencen temporalmente a la muerte, no siempre es bueno tirar la toalla. A pesar de todo lo que me ha dicho, él es enfermero, lucha cada día por arreglar esos cables que echan chispas, me ha caído bien, sabe por qué hace lo que hace aunque luego diga lo que es más simple y cómodo de entender, de aceptar.

En cualquier caso, no me importaría en absoluto que mi sistema se basara en un interruptor, nunca he querido molestar a nadie.