"Cuando tenga 12 años pasará algo maravilloso y cuando tenga 21 también."
Se podría decir que nací pronunciando esa frase. Mi madre siempre pensó que era una de mis tonterías, pero cuando la magia llegó a mis 12, sólo siente curiosidad por qué pasará a los 21, ella apuesta porque a esa edad encuentre al amor de mi vida, es una romántica.
Puede que os preguntéis qué pasó cuando alcancé la docena, os lo contaré. El mismo día de mi cumpleaños, cuando sólo había transcurrido una hora de ese día, logré algo que nadie esperaba que hiciera y, además, observé el cuadro más bonito que jamás mis ojos vieron.
En mis últimos días con 11 añitos emprendimos un viaje a Egipto con un grupo, éramos unas 30 personas y, entre ellas, yo la única niña. Uno de los planes del viaje era subir al monte Sinaí durante toda la noche para ver el amanecer desde arriba. Nadie quiso que subiera yo, de hecho el grupo de subida solamente lo conformaban unas 10 personas, el resto "no estaban preparadas". Sin embargo, cualquiera que me conozca mínimamente sabe que puedo llegar a ser muy insistente y cabezota. Logré la autorización de mi madre, la cual se quedaría a pasar la noche en el hotel, con la condición de que una amiga suya, que sí iba a subir, estuviese pendiente de mi. En el momento en que no pudiera subir más, debía decírselo a esa mujer y ella me acompañaría en la bajada.
A la 1:00 comenzamos a andar, rápidamente el grupo se dividió en dos, uno más avanzado compuesto por tres personas y otro más prudente conformado por el resto. La amiga de mi madre iba en el segundo, yo en el primero. Logramos una ventaja de media hora. Alcanzamos la cima a las 6:00. Nadie podía creerse que hubiese llegado, ni mucho menos que lo hubiera hecho a un ritmo elevado. No me pude sentir mejor, desde ese día me siento imparable, respecto a todo, aunque no lo exteriorice, aunque realmente no lo sea, pero con 12 definí mi personalidad y sobre ella he ido creciendo.
En cualquier caso, eso no fue lo mejor de aquel día ni ínfimamente. Lo mejor fue el cielo. No podría describirlo, incluso me negué a fotografiarlo, no podía perder ni un segundo de mi tiempo en prestar atención a otro asunto. Un enorme océano de estrellas cubría cada átomo de aquel desierto, de aquel monte, de toda pequeña partícula que se hallara aquella noche sobre La Tierra. Vi incontables estrellas fugaces, puntos fijos que referían planetas, estrellas parpadeantes y polvo estelar, todo en una quietud infinita, en un silencio y una contemplación que nunca más he vuelto a encontrar. Esa noche me sentí protegida, parte de algo, al igual que yo veía a cada estrella como componente de un precioso conjunto, ellas podrían verme a mi como otro puntito dentro de algo grande, no estaba sola.
Tal vez no os parezca lo suficientemente intenso, pero para mí lo fue. Con 12 años recién forjados rompí con las barreras que me cohibían y sentí que encajaba en el mundo. No está nada mal, no pudo ser mejor.
Ahora espero los 21.