La muerte es fácil.
La muerte es como un interruptor, cuando lo pulsas todo se oscurece y acaba la vida.
El problema es cuando aparecen los cortocircuitos, cuando la muerte busca otros caminos dándonos la oportunidad de actuar, de intentar reparar el daño y poder seguir respirando. En mi opinión, decía el enfermero que me hablaba, eso es lo peor que puede ocurrir, ojalá se tratara siempre del maldito interruptor. Cuando ocurren los cortocircuitos nos toca intervenir, poner todos los medios de los que disponemos al servicio del paciente y, aún así, a veces no es suficiente y nos duele.
Si la vida dependiera sólo del interruptor, el que hará llorar en duelo no sufriría, la familia de éste no estaría con el corazón en la palma esperando lo mejor o lo peor, no existiría la incertidumbre que lleva a imaginar que pueden suceder finales más fatales de los racionalmente conocidos, provocando que dicho plan creativo genere aún más dolor; y, por último, los médicos y sanitarios frustrados no repetirían con la cabeza gacha en la sala de descanso "Espero que no sea mi turno cuando ocurra".
A mí, continuaba hablando el enfermero, me gustaría despedirme en un desvanecimiento, en un síncope del que no despertara y mi familia pudiese llorar tranquila, es una pena que no todo sea tan sencillo.
Frente a la visión de este señor que ha amenizado mi mañana entre uno y otro de mis desvanecimientos, creo que los cortocircuitos no son del todo malos. Estoy de acuerdo con él cuando el final es cercano e inevitable, pero hay ocasiones en las que los tratamientos vencen temporalmente a la muerte, no siempre es bueno tirar la toalla. A pesar de todo lo que me ha dicho, él es enfermero, lucha cada día por arreglar esos cables que echan chispas, me ha caído bien, sabe por qué hace lo que hace aunque luego diga lo que es más simple y cómodo de entender, de aceptar.
En cualquier caso, no me importaría en absoluto que mi sistema se basara en un interruptor, nunca he querido molestar a nadie.
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