Años después vuelvo a hablarte. Te sorprende y, tras unas cuantas frases cordiales, me lanzas la pregunta "¿Qué te ha hecho querer saludarme?", respondo que aún nos quedan cosas en común y sólo atinas a suspirar un "Qué simpática".
No sé qué ha pasado por tu vida después de mi, no me lo vas a decir, tampoco yo, quizá finja que todo me va bien pero qué otra cosa puedo hacer.
Cuando nuestros sentimientos se llevaban bien eras fuerte, onírico, inocente y, por qué no decirlo, guapo.
No fuerte anatómicamente, sino de seguridad, nada te asustaba, aprovechabas el mínimo detalle para que me diese cuenta. Te reías de mi cuando te pedía que me guiaras por la casa sobre tus hombros cuando ésta ya yacía sin una grieta de luz. Eras fuerte, como un arbotante, tal vez el mío, tal vez el de cualquier otro que no fueses tú mismo porque si así era, en soledad, se debilitaba cada grano de tierra que te componía.
No un onírico surrealista, sino onírico de la música, de la noche, de mi. Recuerdo que sólo eras capaz de sostener tu violin cuando tenías esperanza, como si cada pulsación de tus yemas contra las cuerdas fuese a acercarte a tu objetivo. Tu banda sonora del "tal vez puedo hacerlo".
Tenías pocos amigos, uno si somos optimistas, no porque no fueses una persona con la que no se está cómodo, sino porque tu inocencia pedía la misma atención que tú dabas a los demás y pocos lograban estar al alcance.
Guapo... Al principio no me lo pareciste, después te conocí y puedo afirmar que lo eras.
La vida ha pasado por ambos. La fuerza ya no se ausenta sólo cuando te encuentras contigo mismo. El violín se ha olvidado de quién era su dueño. Ahora tienes colegas, pero de eso siempre has tenido, los años no te han ayudado a forjar lazos, la inocencia te sigue perdiendo en esta vida. A tu belleza no le han agredido las arrugas del paso del tiempo, del dolor, de la decepción, puedo asegurar que sigue intacta.
Me gustaría que no te sorprendiesen mis ganas de hablar contigo, mis deseos por querer verte a flote, los "te echo de menos" que jamás pronunciaré en voz alta.
Me has dado permiso para volver a entrar en tu castillo, ahora mismo estás bajando el puente de madera con mirada temblorosa pero agradecida por mi visita. No pretendo volver a viajar tan lejos de ti otra vez, tampoco despertarme empapada en ti. Simplemente no puedo dejar que alguien que me quiso tanto y tan bien, esté tan solo.
Al mirar tus ojos siderales veo a un viejo amigo, aunque tenga que volver a conocerle desde cero.
Nos vemos en nuestro banco del parque.
PD. Lleva las pipas, yo llevaré el té.
No hay comentarios:
Publicar un comentario