Desde la mirada de compasión cuando dije que iba al bajo B hasta la esquela que partió una familia en dos, para siempre.
"No es como piensas que es", me he cansado de repetirlo estas últimas semanas, al final sólo callaba y dejaba que todos creyeran que lo entendían.
Para los despistados sobre las huellas de mi vida, hablo de mis prácticas de hospital, ¿en qué servicio? Paliativos y no, no es lo que pensáis.
¿Muerte? Claro, como en cualquier parte del mundo, como toda vida que ahora late sin pensar en que dentro de un siglo no estará, como en Irak, como los dinosaurios.
¿Vida? Demasiada, en un morder una sábana por rabia, en un "quiero rehabilitarme", en una petición de cariño a una enfermera, en un Dios dirá.
Orson Welles decía que nacemos, vivimos y morimos solos, que todo lo demás es una ilusión. Pues bendita ilusión que acostumbra a ausentarse en el tercer verbo sentenciado. Y dichosos los que, como niños, contemplan esa ilusión desde una caja que ya no les responde y que se va calando con la lluvia salada de los protagonistas de la fantasía, esos que rodean su cama.
Espera... me he dejado la pregunta más importante, ¿Amor? Incalculable. Sostener unos dedos que no responden al tacto pero que acarician con la mirada, aliviar con una esponja el velcro que suena al intentar respirar, velar por el que está rodeado de egoístas que no se fijan en la falta nitidez de su pupila, arrancar las palabras de la garganta cuando sabes que con ellas se derrumbará la vida de los que duermen en la silla junto a la cama, acariciar miedos, besar heridas y, por qué no decirlo, llorar.
Ahora todos me preguntan cómo fue mi último día, miento y digo cualquier detalle tonto que ocurriese antes de que saliera de aquel hospital. Pues mi último día fue cada vez que escuché un último suspiro y pensé que no lo soportaría más. Pero mi primer día nació segundos después de cada último día. Mi primer día comenzaba cuando miraba alrededor y alguien sonreía, no con el gesto al que todos estamos acostumbrados, uno más profundo, más allá de lo físico, más cercano a lo que de verdad importa.
Tras todos los pellizcos y cada una de las bocanadas de aire... Aquí estoy, dispuesta a seguir encontrándome.
Mañana será otro día.
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