Hace dos años estuve como voluntaria durante dos semanas en un albergue para personas que viven en la calle. El primer día sólo me dieron dos consejos, con eso se suponía que ya tendría que ir todo bien. Estos eran: mira a los ojos y di en voz alta sus nombres tantas veces como te lo permita la conversación. Son personas, no necesitan que otra persona, de su misma condición en La Tierra, les diga cómo vivir o que les mire con compasión, sólo necesitan ser mirados, saber que existen como cualquier otro, que no son menos que nadie. Por otro lado, necesitan cariño, no sabes lo mucho que les conforta saber que una persona haya tenido el detalle de mandarle a su cerebro la orden de relacionar su cara con un nombre concreto, que haya invertido tiempo en ellos, en hacerles sentir bien con lo poco que estaba en tu mano.
Yo conocí a Luis. Era de Madrid, cayó en la droga y se alejó de su familia. Era un transeúnte, de mediana edad. Cansado de las calles de la capital decidió darse una oportunidad en otra parte, apartarse del mundillo que le había separado de un mundo que realmente sí importaba, cogió un autobús y fue a Castellón. Una vez allí dejó de inyectarse la sustancia que le estaba matando. Seguía viviendo en la calle. Iba cada día al centro donde yo estaba haciendo el voluntariado a comer, sólo dábamos una comida al día, no comía más que eso. Estaba buscando trabajo, pero era el periodo de crisis y no tenía un perfil muy favorable para ninguna oferta. En este momento de su vida me despedí de él, porque acababan mis días en esa infravalorada obra y tenía que volver a casa, a 300 km de allí.
No sería su profesión, pero fue un gran profesor para mí, quizá el que más me ha enseñado en mucho tiempo. Hubo muchos momentos que hicieron que me diese un vuelco el corazón pero me resignaré a rescatar sólo tres situaciones.
La primera es del día que conocí a Luis, me hablaba de una voluntaria que había estado antes que yo, me decía "Todos creen que necesitamos a alguien a quien contarle nuestras penas, a una persona que nos consuele. Esa chica jamás me hizo hablarle de mi, sólo buscaba decir cosas absurdas y que yo me riese. Sólo necesito romper el silencio que me mata en una carcajada que me devuelva a la vida."
La segunda, es otra lección del gran Luis, me contó qué era lo que más le dolía de vivir a la intemperie. Cómo le miraban. No le molestaba estar en esa situación, en cierto modo, porque sabía que si estaba así era sólo culpa suya, pero le quebraba el alma que todo el que le mirara pensara "cuidado, es una mala persona, voy a cambiarme de acera o voy a rodearle o será mejor fingir que no le he visto y seguir recto mirando al lado opuesto". Él no merecía eso, no era una mala persona, sólo un humano que no había sabido elegir, todos tenemos derecho a equivocarnos.
Y, por último, la tercera, también protagonizada por mi amigo madrileño. Este momento carece de diálogo y fue el que más me conmocionó. Era la hora de la comida, el comedor era como un buffet en el que vas pasando con la bandeja y unas personas al otro lado te sirven la comida, como en el instituto. A mi me colocaron delante del pan. Con la mayor de mis sonrisas iba ofreciendo pan a todo el que pasaba por delante de mi. Y llegó Luis. Siguiendo el consejo del primer día, entoné "Un trozo de pan para Luis, que se lo merece". Con la mano en el fuego, puedo asegurar que no he recibido en mi vida una mirada con tanta gratitud como la que me abrazó en ese instante. Ni siquiera dijo "gracias" pero no hizo falta. Aunque ninguna otra persona me hubiese dado las gracias ese día por el trozo de pan, yo me sentía la persona más bendecida del mundo, por los ojos de un hombre con ropa raída y esperanza naciente.
Podría haber escrito cientos de miles de palabras de cada una de los tres pequeños tesoros que he redactado pero sería hablar de mi modo de sentirlo y eso es algo que cada uno ha de interiorizar por sus propios medios.
Yo, desde esos días, intento no apartarme de estas personas que veo por la calle, ellas tienen los mismos motivos que yo para torcer su camino cuando me ven. Y no lo hacen.
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